Salió de casa, y las hojas caían. El aire se teñía de un verdoso marrón, y las pequeñas húmedas manchas flotaban frente a la cara de Elliot. El olor del viento era agradable; aroma de húmeda vegetación, y la sensación de ser acariciado por las brisa era como nadar en un suave mar de aire, o suaves manos que ayudaban a iniciar un buen día. Elliot caminó por la calle vacía, respirando profundamente mientras colocaba los audífonos en sus oídos para escuchar algunos acordes de piano y suaves voces que sólo recorrían la escala musical con vocales; sin componer una letra; sin limitar a la imaginación a ver tan solo la historia obvia, sino a compartir el mundo real en una agradable caminata, observando el entorno, y meditando en cualquier asunto. Elliot iba sin destino. Era uno de esos paseos que nos hacen olvidar y crear; que nos hacen ver el mundo con distintos ojos, a pesar de que miles de veces hayamos pasado por el mismo recorrido. Era uno de esos paseos en los que notas nuevos detalles, e imaginas con tu entorno. Uno de esos paseos en que tu propia historia transcurre frente a tus ojos, y sientes todo tipo de emociones. Cuando no llevas destino, las posibilidades son infinitas. Es por eso que nacemos sin destino fijo. Es por eso que nos es permitido caminar con libertad por la vida. Es por eso que la vida tiene tantos sentidos, y todo ellos son personales. Es por eso que somos capaces de todo. La vida, así como esas caminatas no tiene sentido; Somos nosotros mismos quienes a mitad de camino entregan un rumbo, y somos libres de cambiarlo cuando queramos, a pesar de que aquellos edificios no nos permitan doblar hacia donde queremos.
Elliot continuó su desconocido rumbo con las voces en su cabeza. El cielo era blanco con grisáceas pinceladas. El frío era aquel que impulsa a abrazar, y el ruido de la ciudad era casi imperceptible entre la música. Mientras imaginaba que las calles eran verdes y era posible correr sin preocupación por ser atropellado, una gota cayó en su nariz. Levantó su mirada al cielo, y vio pequeños destellos que se acercaban a la tierra. Era lluvia; gruesa lluvia que resplandecía con la poca luz que entregaba el día. Cerró su boca, y dejó sus ojos entreabiertos y su cabeza en la misma posición para sentir los pequeños golpeteos de agua en la cara. Eran frías gotas, pero la sensación de dejarlas caer y reventar era un placer. Sentir la lluvia en la cara es una de las pocas cosas que se pueden disfrutar a menudo. La mayoría cree que la lluvia es molesta, pero si te detienes un instante y levantas la cabeza, cierras la boca, y dejas tus ojos entreabiertos, verás que se disfruta mucho.
El día transcurría, y el trayecto de Elliot, sin final, continuaba también. Sólo caminaba, y aún así jugó mil veces consigo mismo. Su mente estaba tan distraída, que en ningún momento notó su cansancio. La música había acabado, pero aún la oía en su cabeza; y aún le hipnotizaba como desde el principio. Aún imaginaba, aún se movía, aún no fijaba un rumbo, aún no sabía en donde estaba, aún no le importaba. Las hojas seguían cayendo, y la lluvia había cesado. Elliot continuaba. Sabía que algo debía encontrar, pero no sabía qué. Sólo sabía que continuaría hasta que sus instintos le dijeran. Como la vida; como era su caminata ese día.
Finalmente, sus pies le llevaron a una colina. El sol se ocultaba, y la perspectiva del mar enrojecido era hermosa. De pronto se sintió cansado, pero bien. Se sentía completo por ese día. Tan solo deseaba dormir sobre cómoda y seca hierba, bajo el enredado follaje de los árboles del lugar. No sabía cuan lejos estaba de casa; y no le importaba. No sabía cuan cansado estaba, pues su mente viajaba aún perdiéndose en el rojizo horizonte.
La vida está llena de placeres. La vida es un parque de juegos, para disfrutar y maravillarse con lo que descubrimos y encontramos. Es por eso que el mundo es tan diverso; para entregarnos infinitas posibilidades. Y cada humano tiene derecho a conocer el mundo en el que vive, así como cada niño tiene derecho a jugar. “A veces pienso que quizás ese es uno de los propósitos de la vida. Dar una probadita al paraíso que se nos ha prometido”. Pensaba él a menudo.
El cielo, rojo, intensificó su color. Elliot intensificó su sonrisa, y proyectó su mente aún más allá. Aquel resplandor en el cielo, para él, no era una advertencia, sino un cálido y suave sentimiento personal que se visualizaba frente a sus ojos. Él no tenía ni la más mínima idea del mensaje que asustaba a todos. No sabía que ese rojo ardor en el cielo era el intento de un hombre, de acabar con la vida.
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