Friday, 2 December 2011

Que nadie más se vaya a enterar

You know? Cuando me pongo a pensar en por qué es tan terrible para una familia el tener un hijo gay, llego a la conclusión de que es simplemente porque les preocupa el “qué dirán”. Claro, es importante la reputación de una familia. De hecho a veces mucho más que la felicidad de alguno de sus miembros.

Lo primero que los padres te dicen cuando revelas tu homosexualidad ante ellos, y en cierto modo lo asimilan, no es precisamente un “no te vayas a equivocar con el hombre que elijas” (que obviamente no puede ser una frase esperada en una situación así), o un “ten cuidado con las relaciones que vayas a tener”, ni mucho menos un “asegúrate de ser feliz con lo que hagas”. Lo primero que oyes, es un “¡Por favor! Que no se vaya a enterar nadie más”. Y es que si se entera el resto de la familia, quizás qué es lo que se vaya a rumorear y suponer, y sobre quién recaerá la culpa (¿Para qué buscan culpables donde no los hay?). Y es que si se entera la comunidad, quizás cuantas historias se vayan a crear, y cuánto tiempo aquella familia será el foco de atención para los chismes. “Vi a tu hijo con otro hombre” debería ser algo sin ninguna importancia; pero cuando se trata de chismes ante algo tan innatural como la homosexualidad, el prestigio de una familia se ve arruinado. Es una vergüenza tener hijos homosexuales. A todos les preocupa algo cuando se supone que está mal; y ni siquiera para arreglarlo, sino para hacer sus comentarios y usarlo para “la copucha”. Pero si quieres ser feliz… eso a nadie le importa. No hay nada atractivo en eso. No es algo que vaya a causar impacto con las vecinas, ni algo que se pueda andar repudiando. A la gente le encanta odiar.

Es tan bello cuando una familia se une para hacerse más fuerte. La idea de confesar a tu familia la homosexualidad, no es para que ellos dejen de hablarte y te abandonen, como si por ser diferente, no pudieses ser parte de ella, porque atraerás la desgracia y la vergüenza. Decir “Mamá, papá, soy gay”, es para que sepan quién eres, y la confianza se fortalezca. Es obvio que no en todos los casos se puede esperar un apoyo desde el principio, pero tampoco puede haber un abandono definitivo. Si la familia se une para aceptar aquel valor de asumir algo tan difícil, entonces no debería haber vergüenza, sino orgullo por tan valiente corazón. “Mamá, papá, estoy dispuesto a asumir lo que soy y no puedo cambiar, pero también necesito el apoyo de mi familia, porque ser homosexual en estos días, es demasiado difícil. Sobre todo cuando la mayoría prefieren mantenerse estancados y continuar con la miseria de tantas personas que prefiere vivir en el miedo”.

Llegué a cierto punto en que no me importa que todo el mundo sepa que soy homosexual. Sí me importa que lo tomen de la peor forma, sin considerar quién soy. Quiero hacer las cosas bien. Pero no se puede completamente, si no tienes el apoyo de tu familia. Es importante que esta sea fuerte también. Porque no estás solo tú, sino los que están conectados contigo. Si realmente te aman, querrán tu felicidad; ¿No es acaso eso lo que deberían querer para ti, más que todo lo bueno que puedas aparentar?

Tener un hijo homosexual que es capaz de asumirlo no debería por qué avergonzar a alguien. Recuerdo cuando mi padre comenzaba a conocerme. No tenía problemas con decirle a la gente que yo era “su hijo”. Soy joven, universitario, inteligente. Pero cuando a eso le agregamos que soy homosexual, todo cambia. Hasta ahí llegaron sus ganas de conocerme, apoyarme, y sentirse “mi padre”. Ahora ni siquiera se demuestra capaz de hablarme, ni para preguntar cómo me va… ¿Y quién es el del problema? Ya no sé si llamar a aquella parte familia.

Mi madre en cambio, es capaz de asumirlo, pero hasta el punto de “que nadie más se entere”.

Yo, simplemente quiero ser feliz, no engañar, y sentir que existo. Quiero demostrar que el problema de la homosexualidad no está en que los hijos queramos hacer algo mal, sino que no tenemos el apoyo de quienes deberían estar para nosotros, o que nuestra felicidad le importa poco al resto. Como si por amar debiésemos ser odiados.

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